-Esto no puede seguir así- dijo, sin preámbulos.
Cuando mi atención se dirigía hacia ella, exhala cierta soltura en mi semblante, que restaba importancia a lo que expresaba. Miraba alternamente sus labios, y sus ojos color caramelo, que resplandecían. Los miraba con ambición; con signos de asaltarlos.
Nos encontramos en un parque desolado, ella llevaba un jean y una camiseta que ahogaba las protuberantes geografías que le concedió la santa providencia, ocasionando miradas hostigantes entre los transeúntes. Sus ojos eran dos faros que solo brillaban en mí. Le encendía un ente gravitacional que inexplicablemente ella no entendía ni yo tampoco. Faltaba un par de días para cumplir la mayoría de edad y a ella un par de años para doblegármela.
-¿Por qué cada vez que nos vemos, tiene que suceder esto? A veces no puedo creerlo…- le interrumpí su discurso de siempre, repetitivo y absurdo. Siempre daba vuelta al mismo asunto, sobre los inconcebibles actos que afectaban su ética profesional, pero al besarla, le producía vértigo y amnesia corruptible.
El motivo que me persuadió a presentarme de forma periódica al consultorio de la notable psicóloga que, tenía un futuro prometedor hablando en el aspecto profesional, era que llevaba una vida, como todo adolescente, con cierto cariz errabundo y rebelde y que no son significativas para que sean citadas. El primer día que ingrese, el ambiente lo sentía álgido, como el que percibe todo paciente al tener un primer contacto con un doctor para mostrar su pesar. Se gestaron más de una hora de conversaciones que solo escuchaba y respondía, y ella, se mostraba como una hermosa y brillante ave de rapiña que se expropiaba de mis observaciones e inquietudes que eran acusadas en un cuaderno que llevaba mis datos en las primeras líneas.
Los días pasaron y ese cubículo en el que, era como un deposito de almas cabizbajas que buscaban un amparo y solución para formar senderos llanos y bienaventurados, se volvía atractivo y estimulante. Cada vez que escuchaba su voz aterciopelada que emanaba en el ambiente y se posaba en mis oídos para límpidamente penetrar en mi cerebro, que cada vez era imagen suya, me obligaba a no desprender mi vista de sus labios, que eran de color cerezas exquisitamente dignas para ser probadas.
-No me beses. Ya llevamos medio año en éste asunto. Tú no tienes absolutamente nada y nunca lo tendrás – me decía, encarándome y recordándome todas las citas pasadas. Se veía tan hermosa hasta cuando se molestaba, que las contracciones que se formaban en su rostro cuando se disgustaba, le daban una belleza abstracta, de las más sublimes que pude ver en la tierra. Nunca me había sucedió algo como esto- decía.
Todo comenzó, cuando me pregunto que si tenía dolor en mi cabeza y le respondí afirmativamente: le palpe la zona temporal de su cráneo para señalarle la ubicación exacta de queja y reaccionaron sus manos en forma de inaceptación pero le detuve con suavidad y no hizo el menor movimiento para librarlas. Luego, descendí mi mano y la suyas me acompañaron hasta los lóbulos de la oreja, lo que le produzco un movimiento ligero en el cuello, casi imperceptible y tuvo una leve dificultad para respirar y exhalar. Su respiración dejo de ser constante y la miraba con placer y ella alternamente, cerraba y abría los ojos lascivamente. Deseaba expulsar mis manos del rostro pero algo le detenía. Mi palma seguía tocando su piel y ahora pretendía prosperar por otros rumbos. Decidí deslizar el mando por el cuello y sentía que su piel se encendía y, su pecho, súbitamente formaron dos timbres, dos hermosos y nobles pezones, firmes e impecables, de minúsculas circunferencias que su camisón blanco le daban forma y volumen. El cuerpo, pasivo e inmóvil, le comenzaba a curvar de satisfacción y consentimiento, y su mirada formaba una invitación silenciosa a que mi mano enrumbe el camino de la satisfacción, y que haga un detenimiento a sus prominentes elevaciones que se despuntaban formando dos agudos salientes. Mi conquista napoleónica, que ya había recorrido todo el norte, ambicionaba en recorrer el sur, hacia esas tierras donde se encuentra el origen de la vida, pero segundos después, tres ligeros y discontinuos golpes se escucharon en la puerta. Ella se arreglo los rulos y camisón y yo regrese inmediatamente a mi sitio habitual, como un niño en una fiesta infantil que corre a sentarse a la silla al detenerse la canción. Su rostro formaba signos de descompensación en la circulación de su sangre y yo mostraba signos de satisfacción que iban debilitándose conforme escuchaba los pasos de la sexagenaria secretaria que se acercaban y le entregaba unos informes. Después de escuchar a la impertinente visitante cerrar la puerta, solo atino a escribir y dirigir toda su mirada y atención a la hoja. Luego me dijo que regresara en un mes para mi próxima visita y yo le dije que estaba seguro de que me ayudaría mucho y me retire.
Estaba despintándose el cielo y los faroles comenzaban a encenderse. La miraba y ella se mordía los labios, labios que mostraban titubear las ideas que cruzaban por la cabeza. Me voy a España, me dijo y no le creía. Lo que tuvimos, no fue más que un enamoramiento, una transferencia que no pude controlarlo y que los pacientes llegan a tener con sus psicoterapeutas. Sorry,no pude controlarlo.
No le creí hasta que al mes me presenté al consultorio con las mismas ganas de siempre y, reafirmaron lo que dijo. Me arrepentí de no despedirme de una mejor manera o de tener una última cita en su consultorio y mostrarle el paciente que era o podía ser.
Después de un tiempo nos encontramos y no era la misma: tenía cuerpo de sílfide y mantenía sus convicciones arraigadas con la ética profesional pero no se opuso ante mis pretensiones reincidentes que la volvieron flexible, aduciendo que tenía la edad adecuada. Nos encontramos en el mismo lugar de la última vez y me comento que tenía un hijo y llevaba mi nombre. No es mi hijo, le dije. Ella lo negó con la cabeza
Decidí venir por mi familia y ahora estoy trabajando en una clínica, me dijo. Me dio un pequeño trozo de papel donde decía su nombre y el de la clínica: te veo muy bien pero ahora tendrás que imaginarte que tienes algo porque te estaré esperando como el primer día y recobraremos el tiempo perdido. Yo con mi bata blanca y tu el paciente.